Inconsistencia educativa

"Nada impide tanto la curación como cambiar a menudo los remedios." (Séneca)

Me he encontrado en muchas ocasiones con familias, con docentes y conmigo mismo emitiendo la siguiente afirmación: " Eso ya lo he probado y no funciona; luego también he probado esto otro y tampoco..." Y así vamos pasando de medidas más punitivas y rígidas a otras más flexibles y comprensivas que lo único que generan es la NO solución del problema educativo que queremos abordar.

 

Nardone nos habla de un estilo intermitente , en le que las interacciones entre adultos y jóvenes están cambiando constantemente, haciendo que las posiciones educativas pierdan coherencia y consistencia. Continuas nuevas estrategias para la resolución de un mismo problema, estrategias que se someten continuamente a una revisión crítica hasta el punto de mantener a los sujetos en la incertidumbre y provocar que el problema se mantenga.

Nada es válido y tranquilizador, pocas medidas y estrategias se mantienen en el tiempo. Se niega de ese modo que el aprendizaje es lento, que para conseguir ciertos hábitos y rutinas es necesario persistir, definir unas bases seguras y unos puntos de referencia sólidos.

Por ejemplo, cuando un hijo o un alumno persiste en conductas disruptivas o rebeldes, los adultos solemos primero dar nuestras razones por las que debe cambiar de comportamiento, nos pasamos un buen rato buscando argumentos para el cambio, mientras que el joven escucha de un modo impermeable. Como esta primera medida no suele tener ningún efecto, se pasa al estilo contrario. Dureza, restricciones, catigos... a los que tampoco responde como deseamos; o se opone directamente, lo cual afecta al adulto y decae; o acepta la medida silenciosamente esperando que el tiempo pase y todo vuelva a la situación anterior. De esta manera el niño refuerza la idea de su fuerza ante el adulto y por ello persistirá en las mismas conductas en próximas ocasiones.

La siguiente reflexión de los padres y eucadores esta relacionada con el refuerzo positivo. Se piensa entonces que el niño no ha sido valorado suficientemente y por ello es necesario adularlo y ofrecerlo nuevas oportunidades con el fin de que afloren en él nuevas intenciones y conductas más apropiadas. Estas nuevas estrategias vuelven a desarrollar nuevas comportamientos en el niño no desados por los padres y de nuevo se vuelve a iniciar el proceso. Se intentan buscar nueva palabras, nuevos argumentos, se intentan nuevas sanciones que lo sometan de nuevo y nuevos reforzadores que provoquen cambios, pero todo sigue igual. Ya estamos en la trampa circular de las medidas educativas alternantes.

Pararnos ante esta situación, reflexionar. Fijar metas , buscar coherencia, mantener en el tiempo las medidas adoptadas, desechar aquellas que sabemos no dan ningún fruto puede ser un comienzo.

Hacer nuestra la idea de que los niños necesitan amor y respeto en un marco educativo sólido , afectuoso y amable. Que entiende lo que los niños hacen , que busca soluciones involucrándolos, y enseñándoles habilidades personales como el autocontrol, la autodisciplina, la comunicación asertiva y la empatía. Una educación que piensa a largo plazo y que reconoce la infancia como un camino en el que los padres acompañan a los hijos ofreciéndoles experiencias educativas que les aseguren una vida adulta plena y autónoma. En definitiva observar y guiar al niño desde la distancia emocional, sin esa implicación que trastorna y frusta a los adultos. Cuando los educadores generamos emociones negativas , tomamos medidas educativas inadecuadas y producimos en los niños inseguridad y desaliento que retroalimenta nuevas y desajustadas conductas.